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Nicolás Amador Brando

España y Gibraltar, 2026

Este ha sido el viaje más largo de los tres. Aterrizamos en Madrid, bajamos a La Mancha, paramos en Córdoba y nos plantamos en Fuengirola, que fue nuestro campamento base durante casi todo el viaje. Y desde ahí, Málaga, la costa y Gibraltar. Otra vez con Bruno.

  • 2026año del viaje
  • 10ciudades y pueblos
  • 2países en un mismo día
  • 31fotos del viaje
Nico y Bruno asomados a una barandilla mirando Madrid entero desde un mirador en altura, con los tejados rojos hasta el horizonte
Madrid entero desde arriba. Tejados rojos hasta donde llega la vista.

Aterrizar y salir corriendo

Del avión al coche y del coche al Parque Europa, en Alcobendas, que tiene copias de monumentos de toda Europa puestas una al lado de otra: te haces la foto en la Torre Eiffel y en dos pasos ya estás en un trozo del Muro de Berlín. De ahí al acuario de Xanadú. Y a dormir, ya de noche, a una casa rural en Puerto Lápice que se llama Tía Lola. Todo el primer día.

Monumentos europeos en miniatura en el Parque Europa de Alcobendas
Parque Europa Media Europa junta, en Alcobendas.
Peces vistos a través del cristal del acuario Atlantis de Xanadú
Acuario de Xanadú El primero de los tres acuarios del viaje.
Otra sala del acuario Atlantis de Xanadú
Más acuario Cada sala de un color distinto.
Un cuarto decorado entero con motivos de Minecraft
El cuarto de Minecraft Nos tocó dormir dentro del juego.

Madrid, Xanadú y Puerto Lápice en un día. Y todavía nos quedaba lo largo.

La ruta de Cervantes: los gigantes que eran molinos

La ruta de Cervantes pasa por Consuegra y por Alcázar de San Juan, y nosotros hicimos las dos. En Consuegra subimos al cerro, donde están los molinos de viento blancos puestos en fila y el castillo. Estos son los molinos que don Quijote confundió con gigantes, y ahí arriba se entiende: con las aspas girando y el viento que hace, parecen brazos. En Alcázar de San Juan nos contaron la historia en un teatro.

Nico y Bruno mirando la torre de piedra del castillo de Consuegra
El castillo de Consuegra Cuesta arriba, y con la puerta pequeñita.
Uno de los molinos de viento blancos de Consuegra
Los molinos Los gigantes del libro.
En la ruta de Cervantes, entre Consuegra y Alcázar de San Juan
Ruta de Cervantes Pasa por Consuegra y por Alcázar de San Juan.
Representación de teatro sobre Cervantes y el Quijote en la ruta de Cervantes
Nos lo contaron en teatro Mejor que leerlo, la verdad.

Córdoba: parada para una partida

De camino al sur paramos en Córdoba. Poco rato, pero suficiente: encontramos una máquina arcade de Minecraft Dungeons, de esas de tres jugadores a la vez, y cada partida te da una carta. Eso también cuenta como visitar una ciudad.

Nico y Bruno delante de una máquina arcade de Minecraft Dungeons en Córdoba
Minecraft en arcade Tres jugadores a la vez, y una carta de premio por partida.

Fuengirola, el campamento base

Aquí nos quedamos. Fuengirola tiene puerto, playa y, sobre todo, estación de cercanías: desde ahí salíamos cada mañana a donde tocara. Y tiene el Bioparc, que no es un zoo normal porque los animales no están en jaulas, sino en trozos de selva hechos a su medida. También tiene su propio acuario dentro.

En el Bioparc de Fuengirola, con la vegetación de la selva alrededor
Bioparc de Fuengirola Un zoo hecho como si fuera selva de verdad.
El acuario que hay dentro del Bioparc de Fuengirola
El acuario del Bioparc Ya van dos.
Barcos amarrados en el puerto de Fuengirola
El puerto Nuestra vuelta de todas las tardes.

Málaga, en cercanías y todos los días

A Málaga íbamos en el tren de cercanías desde Fuengirola, y ese trayecto ya me gustaba de por sí. La ciudad está llena de museos que no se parecen en nada: el del Videojuego, donde nos pusimos gafas de realidad virtual en unos asientos que se mueven; el de Arte Contemporáneo; y las Cuevas del Tesoro, que son cuevas de verdad iluminadas de azul con pasarelas colgadas de la roca. También subimos a la Alcazaba, dimos un paseo en barco por el puerto y nos metimos en el parque botánico.

Nico y Bruno dentro de las Cuevas del Tesoro de Málaga, iluminadas de azul
Cuevas del Tesoro Cuevas de verdad, iluminadas de azul, con pasarelas colgadas de la roca.
Tres personas con gafas de realidad virtual sentadas en unos asientos que se mueven, en el Museo del Videojuego de Málaga
Realidad virtual Gafas puestas y el asiento moviéndose debajo.
Dentro del Museo del Videojuego de Málaga, junto a una figura de Mario
Museo del Videojuego Consolas de todas las épocas.
En el Museo de Arte Contemporáneo de Málaga
Arte Contemporáneo Cuadros que no se entienden a la primera.
En el Museo de la Imaginación de Málaga
Museo de la Imaginación De los que hay que tocar.
Paseo en barco por el puerto de Málaga
Paseo en barco Málaga desde el agua.
Vista de Málaga desde arriba
Málaga Donde acabábamos casi todos los días.
En el parque botánico de Málaga
El botánico Plantas de medio mundo juntas.
Nico y Bruno en el andén de una estación de cercanías, junto a la línea de seguridad amarilla
Cercanías Otro andén más para la colección.

Ida y vuelta en tren, casi cada día. Fuengirola por la mañana, Málaga hasta la noche.

Una cabina de avión de verdad

Esto es lo que llevaba esperando desde Chile. Allí me senté en un simulador de vuelo de KidZania, que era una cabina de mentira con pantallas. Aquí me senté en la cabina de un avión de verdad, con todos los relojes puestos y la pista al otro lado del cristal. No se parece en nada: los mandos pesan, los interruptores del techo hacen ruido al moverlos y todo huele a viejo. Bruno se sentó en el otro asiento.

Nico y Bruno sentados en los dos asientos de piloto de la cabina de un avión real, con los cuadros de relojes delante y la pista al otro lado del cristal
Cabina de verdad, mandos de verdad. Nada que ver con el simulador.

La costa: Benalmádena, Mijas y Marbella

Los días que no bajábamos a Málaga íbamos por la costa. El puerto de Benalmádena parece un pueblo entero construido encima del agua, con las casas blancas y los barcos metidos entre medias. Mijas Pueblo está arriba, en la montaña, todo blanco y con calles empinadas, y tiene un museo de cómo era antes. También nos montamos en karts y fuimos a Amazonia, en Marbella.

Circuito de karts con barreras rojas y blancas y un kart en la recta
Karts Curvas, barreras y un cronómetro.
En el museo de la ciudad de Mijas Pueblo
Museo de Mijas Pueblo Cómo se vivía aquí antes.
En Amazonia, en Marbella
Amazonia En Marbella.

Gibraltar: cruzar una frontera andando

Gibraltar es lo más raro que he visto. Está pegado a España, se cruza a pie enseñando el pasaporte, y al otro lado cambia todo de golpe: se habla inglés, se paga en libras, los buzones son rojos y hay cabinas de teléfono británicas por la calle, con su corona encima. Me metí en una. Y lo mejor: la carretera para entrar cruza por encima de la pista del aeropuerto, así que si va a aterrizar un avión, bajan una barrera y te toca esperar. Un país entero con un aeropuerto atravesado en la puerta.

Nico dentro de una cabina de teléfono británica roja en una calle de Gibraltar
Una cabina roja de verdad De las británicas, con la corona encima y el teléfono todavía dentro.
Nico y Bruno sentados en una piedra bajo el cartel de I love Gibraltar, en la plaza Casemates
Casemates Square Media hora antes estábamos en España.

Dos países el mismo día. Y en medio, una pista de aterrizaje que hay que cruzar.

Madrid: el plano que ya me sabía

Este es el metro que me había aprendido mirando el plano dentro de un vagón, años antes de pisarlo. Llegar y reconocer las líneas por el color, saber qué trasbordo tocaba y no tener que preguntarle a nadie fue lo mejor de todo el viaje. Además subimos a ver Madrid entero desde arriba, con los tejados rojos hasta el horizonte, y fuimos al Templo de Debod, que es un templo egipcio de verdad que trajeron desde Egipto piedra a piedra y volvieron a montar aquí.

Nico y Bruno bajo el rótulo del Metro de Madrid en la boca de Plaza de España, con la Gran Vía al fondo
Plaza de España El plano que me sabía de memoria, por fin en persona.
Nico y Bruno delante del Templo de Debod al atardecer, en Madrid
Templo de Debod Egipcio de verdad, montado piedra a piedra en Madrid.
Nico y Bruno jugando a la consola dentro del AVE, con el paisaje pasando movido por la ventanilla
Y el AVE Va tan rápido que el campo sale movido en la foto.

Aprenderme el plano sirvió: llegué a Madrid sabiendo moverme sin preguntar.

Llevaba años mirando ese plano. Cuando por fin bajé al andén, reconocí las líneas por el color y supe qué trasbordo tocaba antes de mirar los carteles. Es lo mismo que me pasó en Buenos Aires y en Santiago: cada ciudad se explica con su plano, y cuando te lo sabes, la ciudad deja de ser grande.

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