España y Gibraltar, 2026
Este ha sido el viaje más largo de los tres. Aterrizamos en Madrid, bajamos a La Mancha, paramos en Córdoba y nos plantamos en Fuengirola, que fue nuestro campamento base durante casi todo el viaje. Y desde ahí, Málaga, la costa y Gibraltar. Otra vez con Bruno.
- 2026año del viaje
- 10ciudades y pueblos
- 2países en un mismo día
- 31fotos del viaje

Aterrizar y salir corriendo
Del avión al coche y del coche al Parque Europa, en Alcobendas, que tiene copias de monumentos de toda Europa puestas una al lado de otra: te haces la foto en la Torre Eiffel y en dos pasos ya estás en un trozo del Muro de Berlín. De ahí al acuario de Xanadú. Y a dormir, ya de noche, a una casa rural en Puerto Lápice que se llama Tía Lola. Todo el primer día.




Madrid, Xanadú y Puerto Lápice en un día. Y todavía nos quedaba lo largo.
La ruta de Cervantes: los gigantes que eran molinos
La ruta de Cervantes pasa por Consuegra y por Alcázar de San Juan, y nosotros hicimos las dos. En Consuegra subimos al cerro, donde están los molinos de viento blancos puestos en fila y el castillo. Estos son los molinos que don Quijote confundió con gigantes, y ahí arriba se entiende: con las aspas girando y el viento que hace, parecen brazos. En Alcázar de San Juan nos contaron la historia en un teatro.




Córdoba: parada para una partida
De camino al sur paramos en Córdoba. Poco rato, pero suficiente: encontramos una máquina arcade de Minecraft Dungeons, de esas de tres jugadores a la vez, y cada partida te da una carta. Eso también cuenta como visitar una ciudad.

Fuengirola, el campamento base
Aquí nos quedamos. Fuengirola tiene puerto, playa y, sobre todo, estación de cercanías: desde ahí salíamos cada mañana a donde tocara. Y tiene el Bioparc, que no es un zoo normal porque los animales no están en jaulas, sino en trozos de selva hechos a su medida. También tiene su propio acuario dentro.



Málaga, en cercanías y todos los días
A Málaga íbamos en el tren de cercanías desde Fuengirola, y ese trayecto ya me gustaba de por sí. La ciudad está llena de museos que no se parecen en nada: el del Videojuego, donde nos pusimos gafas de realidad virtual en unos asientos que se mueven; el de Arte Contemporáneo; y las Cuevas del Tesoro, que son cuevas de verdad iluminadas de azul con pasarelas colgadas de la roca. También subimos a la Alcazaba, dimos un paseo en barco por el puerto y nos metimos en el parque botánico.









Ida y vuelta en tren, casi cada día. Fuengirola por la mañana, Málaga hasta la noche.
Una cabina de avión de verdad
Esto es lo que llevaba esperando desde Chile. Allí me senté en un simulador de vuelo de KidZania, que era una cabina de mentira con pantallas. Aquí me senté en la cabina de un avión de verdad, con todos los relojes puestos y la pista al otro lado del cristal. No se parece en nada: los mandos pesan, los interruptores del techo hacen ruido al moverlos y todo huele a viejo. Bruno se sentó en el otro asiento.

La costa: Benalmádena, Mijas y Marbella
Los días que no bajábamos a Málaga íbamos por la costa. El puerto de Benalmádena parece un pueblo entero construido encima del agua, con las casas blancas y los barcos metidos entre medias. Mijas Pueblo está arriba, en la montaña, todo blanco y con calles empinadas, y tiene un museo de cómo era antes. También nos montamos en karts y fuimos a Amazonia, en Marbella.



Gibraltar: cruzar una frontera andando
Gibraltar es lo más raro que he visto. Está pegado a España, se cruza a pie enseñando el pasaporte, y al otro lado cambia todo de golpe: se habla inglés, se paga en libras, los buzones son rojos y hay cabinas de teléfono británicas por la calle, con su corona encima. Me metí en una. Y lo mejor: la carretera para entrar cruza por encima de la pista del aeropuerto, así que si va a aterrizar un avión, bajan una barrera y te toca esperar. Un país entero con un aeropuerto atravesado en la puerta.


Dos países el mismo día. Y en medio, una pista de aterrizaje que hay que cruzar.
Madrid: el plano que ya me sabía
Este es el metro que me había aprendido mirando el plano dentro de un vagón, años antes de pisarlo. Llegar y reconocer las líneas por el color, saber qué trasbordo tocaba y no tener que preguntarle a nadie fue lo mejor de todo el viaje. Además subimos a ver Madrid entero desde arriba, con los tejados rojos hasta el horizonte, y fuimos al Templo de Debod, que es un templo egipcio de verdad que trajeron desde Egipto piedra a piedra y volvieron a montar aquí.



Aprenderme el plano sirvió: llegué a Madrid sabiendo moverme sin preguntar.
Llevaba años mirando ese plano. Cuando por fin bajé al andén, reconocí las líneas por el color y supe qué trasbordo tocaba antes de mirar los carteles. Es lo mismo que me pasó en Buenos Aires y en Santiago: cada ciudad se explica con su plano, y cuando te lo sabes, la ciudad deja de ser grande.
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